Las tardes crepusculares iluminan su cintura,
su largo cabello juega con el viento
mientras que su mano toca una roca dura.
De solitarios y pétreos corazones,
este lúgubre poeta está hablando,
entre ripios, pantomimas y sin razones
que blasfema en una cantina hechando tragos.
Corazones en donde las penas maldicen,
sobre cualquier cálido amor perdido en vano
que una vez amé y ahora la suerte se ríe
junto al afónico corazón, respirando.
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