Se oyen ruidos de fondo,
la calle está muda,
la noche está caída
y tu mirada está desnuda.
Tus labios me llaman,
celosos del viento,
en este atardecer,
en éste, nuestro cielo.
Tan veloz como el céfiro
me acerco por tus besos,
abollando el coche verde
con nuestro desenfreno.
Más, con ganas de más,
se quedan nuestros cuerpos,
deseosas nuestras almas
sueñan con empezar el juego.
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